Nací en La Palma, una de las Islas Afortunadas, entre la harina y el calor del horno de pastelería de mi madre. De pequeño amasaba con las manos masas que eran mayores que yo y discutía con mis hermanos para que los pasteles salieran bien. Dormía con el olor a fermentación de los bollos de mi madre porque ella los horneaba temprano para que estuvieran calientes cuando vinieran a recogerlos.
Desde niño aprendí que los buenos resultados no se improvisan. Se construyen con paciencia, trabajo y amor por lo que haces.
Al crecer la pastelería de mi madre ya no me ofrecía desafíos. Yo tenía sueños. Quería crecer. Y para eso tenía que marcharme.
Con 18 años recién cumplidos, sin nada asegurado y con el miedo de quien deja atrás todo lo conocido, cogí lo poco que tenía, dinero justo para comer y pagarme una semana de alojamiento, y viajé solo a Tenerife. La isla de al lado.
Durante el viaje en barco miraba el océano y me sentía libre.
Cuando llegué busqué donde quedarme la primera noche y conocí a una señora a la que le conté por qué estaba allí. Ella me ofreció que me quedara en una de sus casas de alquiler. Creo que me vio tan joven que decidió ayudarme. Por la mañana me dio el nombre de un restaurante y me dijo que fuera y les contara lo que sabía hacer. Les expliqué lo que sabía hacer y me contrataron ese mismo día para hacer los postres.
Estaba contento pero mi sueño era otro.
Por las tardes caminaba por la zona donde estaban los hoteles de la isla. Veía a los trabajadores empujando los carros de ropa sucia y pensaba: ojalá pudiera estar ahí. Mi sueño era trabajar en los hoteles. Así que entregué mi currículum en varios hoteles. No hubo respuesta. Pasó un mes. Y cuando ya casi había perdido la esperanza, me llamaron.
Para mi sorpresa. No era para los carros de ropa sucia.
Era para la pastelería.
Y así empezó todo. De ayudante de pastelería pasé a dirigir equipos en hoteles de 5 estrellas. Trabajé junto a chefs con estrellas Michelin. Inauguré todos los hoteles que abrieron en la isla de Tenerife.
Aprendí técnica, lidiar con problemas, dirigir personas. Que la técnica por sí sola no sirve de mucho. Los problemas no son las recetas. Son las personas. Los equipos descoordinados. No tener un sistema.
He tenido la suerte de compartir con algunos de los mejores pasteleros del mundo: Antonio Bachour, Carles Mampel, José Manuel Samper, Josep Maria Ribé. Entre otros. Con ellos no solo aprendí técnicas de élite. Aprendí a exigirme de otra manera.
Con todo esto desarrollé un método. Un método que no viene de un máster. Viene de las cocinas, de los hoteles, de los errores propios y del aprendizaje junto a los mejores.